martes, 28 de enero de 2014

Hoy estamos nuevamente aquí, en un nuevo año con los talones pisados por el nuevo mes de febrero se nos acerca a paso agigantado como queriendo alcanzarnos para depositar una hoja blanca más sobre nuestras cabezas, pero la vida tiene su ritmo y no podemos detenerla, solo la muerte es quien puede y esa sí que no la para nadie.

En esta primera edición del año 2014 tenemos poetas nuevos y la plana que siempre nos ha acompañado, tenemos fabulas para todos los gusto y la poesía romántica, erótica y citadino o como diría un amigo poesía urbana.


Bueno ya está bien de tanta cháchara y vamos a lo que vinimos:

Carmen

Para la mariposa dorada que un día me dio sus alas.

A mí me duele Carmen
Tan sola
Que esconde en mitad de su alma
Un sigiloso rencor,
Carmen la que inaugura por las noches
Una fiesta de tristeza
Desde el ajustado blanco de su vestido.

Carmen la de los espejos
Quien se ama a si misma
Como ninguna mientras piensa
Que el tejido de sus encantos
El tiempo no enreda.

A mí me duele Carmen
Con su canto triste y su andar pausado
Más delgada, más callada
Será que no sabe
Que su vida lleva más de medio día
Y parece que no siente
Que la soledad la persigue.

Su tristeza me duele
Y el destierro tan grande
Que lleva su alma.

A mí me duele Carmen

Y pensar que fui yo 
Quien apagó la luz que llenaba sus días
Para llenarla de tristeza
Y robarle su quietud.

A mí me duele Carmen.

Gabriel José Ortega Vega.
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Magdalena


Puedo palpar
Con mis dedos
El sabor del mar
En sus orillas

Sentir su olor
Desbordando
Los límites
Precisos del pubis

Beberme el sonido de las escarchas
Cayendo de su boca
En el instante
Múltiple del arribo.

Juan Carlos Céspedes Acosta
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Sigan


Señores ladrones
He dejado puertas y ventanas abiertas…
Exceptúen una máquina de escribir.
Los libros, antídotos del silencio.
Los juguetes de camilo.
Respeten las cobijas
No sea que el frio muerda mis pechos
Y el hálito de las montañas
Estremezca mi cuerpo.
No hagan ruido.
El sueño de la abuela es de ave.
No quiero que el silbato de un vigilante
Nocturno
Deshaga la intención y el inventario
De los penúltimos fantasmas
Ocupen su antiguo lugar.

Elizabeth Castañeda Rodelo
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Claudicaciones


Como ante la irrupción enorme
De un ruido inquietante
Estos hombres agazapados en la resignación
Inclinan grave su tristeza arrinconada
A la espera sólo del jaque mate.

Momentos antes, un día, un siglo recordable aún
Vibraban la música y las voces
En los cortinajes del alba que traslucía
Contra la luna trasnochada
Los ebrios reyes de toda vitalidad.

El desfile de los días
Su buen pertrecho de pruebas los ha derribado
Y conforme con ellos la escena de tragedia bufa
En que se impone representar sin  chistar
Este rol de perdedores.


Leo Castillo
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¿Quién eras?


Rompió la fila
En la comparsa de las marimondas
Sin perder el paso, se acercó
Sus largos brazos se cerraron a mi alrededor
Estrechándome el cuerpo
En aquel abrazo fugaz
La emoción de es ahogo, aún vigente
Mantiene la incertidumbre
Por el rostro encubierto
Tras aquella disparatada máscara.

Ruth Patricia Diago
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UN LIBRO


Un libro abierto, guardad o cerrado
Un libro, de hojas blancas o amarillas.
Todo lo que necesito son libros
Para sentir que pertenezco, que soy, que voy
Que tengo, que digo, que pienso, que sé.
Un libro como mi pensamiento
Mi oración y mi fe
Un libro siempre en mi vida
Papel para las palabras y los sentires
Hojas que poseen vida y alma.
Un libro como alimento, como medicina
Como deporte, terapia, o diversión.
Siempre un libro.
Todo lo que necesito de verdad en la vida
Son libros, para mi soledad, para mi tranquilidad
Como compañía, como mi religión.
Para soñar, despertar, para caer y levantarme
Para encontrarme y perderme
En todo los mundos y submundos.
Un libro…el mejor amigos del hombre
Y no muerde.

Javier Marrugo Vargas
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Mar De Ilusiones



Imagina la vida,
Como un barco que navega,
En el mar de las ilusiones.

Las tormentas son las decepciones.
Una vez se calman,
Todo vuelve a comenzar.

Las velas vuelven a extenderse,
Nutridas con la fuerza del viento.

Para vivir en paz,
Solo necesitas el divino aliento,
Un pequeño rayo de luz,
Al comenzar el día.

El amor de Dios todo lo puede,
La carga se hace más ligera,
El dolor pronto se muere.

Víctor R. Rincones. O.
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Gracias, señor


Gracias, señor
Por hacerme débil
Loco
Infantil
Gracias por estas cárceles
Que me liberan
Por el dolor que conmigo empezó
Y no cesa
Gracias por toda mi fragilidad tan flexible
Como tu arco
Señor amor.

Raúl Gómez Jattin 
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Confesión


Ando perdido
Pero de jubiloso.
Confieso que no sé
A dónde voy,
Pero la alegría me delata:
Todos saben
Que vengo de tu cuerpo.

Miguel Méndez Camacho.
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El gigante de la nariz puntiaguda en el cementerio


Muy contento iba el Gigante por montes, ríos, desiertos y ciudades.  Llevaba el corazón lleno de niños, iba jugando y siempre que saltaba las estrellas del cielo temblaban y parecía navidad porque todas tiritaban y el cielo prendía y apagaba como las lucecitas los diciembres en muchos pueblos.

Después de mucho tiempo viajando por mundos que no conocía, de conocer personas que hablaban otras lenguas, de compartir con presidentes y reyes, con habitantes de la calle y personas ricas, de ver muchas puestas de sol e incontables salidas de la luna; el gigante se acercaba a un lugar solitario lejos de donde vivían las personas y a medida que estaba más cerca de ese lugar se fijaba en los rostros de quienes venían de allá –eran rostros muy tristes –como si algo les causara mucho dolor.


En su corazón el gigante se hacía muchas preguntas que nadie le respondería, tendría que responderla él mismo, pero la que más le inquietaba era_ ¿Por qué la gente que viene de ese lugar solitario tiene rostros tristes? -Aunque es un lugar hermoso, no me gusta la belleza que causa dolor, -por muchas partes feas pasé donde la gente era muy feliz, prefiero los lugares aparentemente feos donde su belleza son las personas felices que los habitan, -se decía el Gigante de la Nariz Puntiaguda a medida que llegaba a aquél lugar apartado.

Luis Cadrasco M.
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Eran las tres de la tarde
Cuando le dispararon
Su cuerpo rebotó
El tallo de un roble
Y cayó boca arriba bajo su sombra
La sangre brotaba a raudales de su cabeza
Dibujando un mapa de muerte
Y en su Carrizal del alma
Su Carrizal de siempre
Cerró sus ventanas
Y cerró su boca
Para siempre
A lo lejos Marialabaja gemía
El triste llanto decía
“Fueron los Paracos”
Vete Elmer con sus manos abiertas
Y los bolsillos al revés
Vete en paz
Que nosotros  tus amigos
Sacudiremos por ti el polvo de tus sandalias.

EUKANDY.
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Purrianga y la noche que cayó un aguacero de queso



Purrianga, es una expresión verbal,  que en el lenguaje español, no significa nada, es una expresión oriunda de nuestra Costa Atlántica (Salamina,  Magdalena), es un dicho, al igual que otras como Asiando, Asioco,  vasioco y muchas más,  vienen a enriquecer el  vocabulario Cultural de nuestros pueblos del Caribe Colombiano.

Agripino Pulido Púa, (Purrianga), hijo de una familia acomodada, que no quiso estudiar en sus años mozos, diferente a sus hermanos que llegaron a la Universidad, siendo hoy Médicos, Odontólogos y Abogados.

Purrianga era la expresión favorita de Agripino, que con el tiempo sus paisanos se olvidaron de su nombre y ahora es conocido popularmente como PURRIANGA.

Después de los años de abundancia, a la familia Pulido Púa le llegó la escasez, debido a que por el pueblo ya no pasaban vehículos con carga y pasajeros hacia Pivijay y Fundación, el puente Pumarejo y la nueva carretera acabaron con el comercio y el empuje de esos pueblos rivereños, sumidos al abandono y la pobreza absoluta.

Purrianga, se ganaba la vida en el puerto de Salamina, comerciando y guiando a los turistas que llegaban todos los días, también le gustaban las faenas del campo, manejaba tractor, un Land Rover Santana (Español), y un Camión viejo llamado Canadá por su marca, el cual tenía el timón del lado izquierdo. Hacia PIN y llantas de  madera,  para desvarar los carros.

Era mecánico empírico, aprendió desarmando y armando el Land Rover y tractores, pero le faltaban las letras, se desenvolvía con su vocabulario rebuscado, se bebía sus tragos y era pleitista, no lo podían mirar porque se abalanzaba a trompadas con el que fuera y no fuera.

Ya entrado en años y sin la presencia de sus padres, Purrianga decidió ir al colegio,  a ver si podía aprender algo, siquiera leer un periódico y los letreros de las tiendas del pueblo, pero había un pero, le tocó en el salón de clases con sus hijos y los amigos de sus hijos, que a cada rato se burlaban de él, solo fue a clases unos meses, después se dedicó a cortar leña en el monte.

Fue un día de esos buenos donde el sol sale más temprano, que Purrianga se tomó su tinto endulzado con panela de hoja, encendió un tabaco negro, ensilló su mulo bayo y partió con la bendición de su esposa y la sonrisa de sus hijos (10) a cortar la leña, a mirar las trampas de conejo que había armado el día anterior y a pescar en la orilla del rio grande de la Magdalena, en la tarde traía el sustento para sus hijos.

Ese día mi Dios le envió a Purrianga la misericordia divina, una avioneta que venía tan bajita y con un ruido ensordecedor, una estela de humo negro invadió el sector y un paquete envuelto en polietileno cayó muy cerca al sitio donde se encontraba Purrianga.

Sigilosamente tomó el paquete, lo metió en su mochila tejida con pencas de guácimo, amarro diez conejos que habían caído en las trampas y se montó en su mulo rumbo a su casa a contarle a su esposa lo sucedido con la avioneta y el misterioso paquete que llevaba.

Tan pronto se bajó del mulo le dijo a su mujer:

-Mira Anita lo que te traigo, una avioneta pasó rozándome el sombrero concha de coco y me tiró  este paquete.
La curiosa e inteligente mujer desarmó el paquete cortándolo con una tijera barrilito con la que se ganaba la vida cosiendo.

Eran  unos fajos de billetes verdes que nunca en su vida habían visto, tenían un olor a cogollo de hoja de mango de rosa (dólares Americanos), la mujer los guardó debajo de un petate donde dormían los diez hijos apiñados.

Pensando la mujer en la ignorancia de Purrianga, sobre el hallazgo del dinero, que ella no pensaba devolver, porque esa era su futuro y el de sus hijos, en la noche cuando su marido se encontraba dormido y cayendo un fuerte aguacero, se levantó, picó en cuadritos cinco libras de queso que eran  para el desayuno y los regó en el patio de la casa.

Cuando muy temprano se levantó Purrianga y se asomó al patio vio el queso regado y llamó a su mujer diciéndole:

-Mira Anita anoche cayó  un aguacero de queso.

-La inteligente mujer mentalmente dijo, ya se comió el cuento.

A los pocos días  volvió Purrianga al monte, ya lo estaban esperando dos hombres de muy mal carácter que le preguntaron por el paquete, él les dijo:

-“Purrianga”  el paquete, mi mujer lo tiene allá en la casa, de inmediato lo subieron a la fuerza al  mulo y lo condujeron a su casa.

-Al llegar, le dijo a su mujer:

"Purrianga", mira Anita  ellos son los dueños del paquete, me estaban esperando allá en el monte.

Anita presentía que esto iba a suceder y negó la existencia del paquete:

-Cual paquete de que me hablas purrianga, señores no le paren bolas porque él está un poco mal de la mente, y le daba vueltas a su mano derecha apuntando con el dedo índice a la altura de su oído.

-Purrianga insistía: Ajá Anita  ya no te acuerdas, fue el día que yo me retiré del colegio, es más esa noche cayó un aguacero de queso.

Los señores al oír tan desproporcionadas expresiones, con una edad entrada en los sesentas y en el colegio, además caer un aguacero de queso, eso rayaba en la demencia, se secretearon entre los dos y concluyeron que ese señor estaba demente,  dieron media vuelta y se marcharon.

Hoy los Purriangas, gozan de un buen estado económico y sus hijos están estudiando en las Universidades, su esposa tiene un gran almacén en el pueblo, pero Purrianga sigue arraigado en pronunciar su apodo, anteponiéndolo a cualquier expresión que va a decir en su léxico.

Ahora en el pueblo de Salamina, Magdalena,  lo llaman “DON PURRIANGA”.

Francisco Javier Cadrazco Díaz
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SEMBLANZA Nº 1


He visto  poco
O casi nada
El vuelo infinito de las aves
La muerte del tiempo en el invierno
Y el llanto torrencial del trashumante.
He  visto poco
O casi nada
La caída irremediablemente lenta
De las horas
En un reloj de arena
La inenarrable y fría prolongación del gris en el espectro
Y al arlequín multiplicar su mueca
En una noche inmensamente larga.

He visto poco
O casi nada
Sin embargo
De todo lo anterior estoy seguro
Al fin y al cabo
Lo vivido es un axioma

Una forma irregular de la nostalgia.

Harold Ballesteros
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