lunes, 6 de octubre de 2014

En esta nueva edición además de traer el material literario a que los tenemos acostumbrados, también tenemos una buena información para todos nuestros poetas, escritores, amigos y lectores; para finalizar este año 2014 “La Revista Cultural Alborada”  ha programado un concurso literario de poesía y narrativa (cuentos), con cinco premios para los ganadores en las modalidades de poesía y narrativa y la publicación de un libro con las obras ganadoras a cara y sello.
Las bases del concurso y formulario de inscripción se encuentran al final de la publicación, para que los descargues y te motives a participar.


Un abrazo para todos y a lo que vinimos…


                                               OLVIDO





                                                                Quiero morirme
Como mueren los inviernos
Bajo el silencio de una noche veraniega
Quiero morirme
Como se muere mi pueblo
Serenamente sin quejarme de esta pena

Rosendo Romero 



Me senté a la puerta del atardecer
Y los recuerdos irrumpieron en mi mente
No sé porque
Pero nada es para siempre
Alguien lo dijo una vez.

Las personas cambian
Como esta luna 
Todo es efímero.

Entregue todo el amor que nunca use
Hice cosas que por nadie había hecho
En fin no sirvió...

He aprendido
Que no se debe mendigar una caricia
Rogar por un “Te Quiero”
Rogar por un beso.

No se debe juzgar sin conocer
Opinar sin saber
Lo único que deseo aprender
En este mismo instante es…
Como olvidarte.

                                     Gabriel José Ortega Vega.


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LOS POETAS, AMOR MÍO



Los poetas, amor mío, son
Unos hombres horribles, unos
Monstruos de soledad, evítalos
Siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío, son
Para leerlos. Mas no hagas caso
A lo que hagan en sus vidas.

                                         Raúl Gómez Jattin

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EL SUPER PUTAS

Ramiro Antonio  Beltrán Ovalle, un trabajador de finca, tumbador de monte, que duraba tres y cuatro meses en la sierra trabajando, su patrón tenía pacto con el diablo y  cada año en diciembre le entregaba un trabajador al propio Lucy.

En esa finca fue donde Ramiro adquirió un pacto con los monitos que pasaban de quince, él los utilizaba para trabajar y beber ron.

Cuando venía de la finca al pueblo, antes de llegar donde Ilena su esposa, llegaba al granero Jeiner y compraba una botella de ron pecho hundido y se la tomaba sólito de un solo trago.

Su efecto era inmediato, “tres quince”, allí era donde comenzaba el calvario de casi todas las mujeres del pueblo, casadas y solteras, las tenía acosadas y no había un hombre que le parara el macho al Súper.

Sacaba un rollo de billetes y le repartía a los pelaos para que fueran a las tiendas a comprar, les decía que no reclamaran el vuelto.

En la noche cuando los tenderos iban a cuadrar caja, solo encontraban unos papeles de celofán de cigarrillos  Piel Roja.

Comenzaba a vociferar y a decir a  parlante alto que todas ellas eran mujer de él, en especial  a Zoraida la esposa de Rico Figueroa.

Hasta que un día Crucita le reclamó al Mello su esposo, que la bravura solo era con ella, o si era que le tenía miedo al Súper Putas.

A los Guajiros Villanueveros  los Mellos Castro que no se lo brincaba un chivo, cuál de los dos hermanos fuera más bravo, a puño limpio a machete o cauchera de jondear piedra a los yolofos, allá en las arroceras del Diluvio.

Esperó el Mello que Ramiro y sus secuaces se emborracharan, cuando se encontraban tirados en el pretil de la casa del señor Gollo Rojas les rastrillo la rula colín de 80 cm de largo contra el pavimento de la carretera que las chispas de candela le prendieron el sombrero a el Súper Putas y sus quince niños en cruces, se despertaron del susto y se le salieron de los brazos donde se encontraban borrachos.

El Súper, al verse solo, cobarde y pendejo, salió corriendo, el Mello, con rula en mano lo perseguía, lo llevó hasta la entrada de la carretera que va para Pueblo bello, allí se le perdió.

Hasta ese día que uno de los Mellos se amarró el pantalón con una penca de Guácimo y se le paró al Súper, descansaron las mujeres de Aguas Blancas.
Hicieron una Asamblea y nombraron una presidenta para esperar a El Súper, su consigna era Castrarlo, para que se le acabara la bravura contra las mujeres del pueblo.

Todos los hombres apoyaron a las mujeres y se armaron de valor para darle su tactiquito al Súper Putas.

Los monitos roneros se metieron a una casa desocupada, de allí salían en la noche a robarse cuanto cachivache podían. Desocuparon los graneros de víveres que había en el pueblo.

El Inspector Melitón Meza mandó a buscar al brujo que vivía en Pueblo Nuevo para sacarlos de esa casa.

Ese día todo el pueblo cerró sus puertas para que los monitos tuvieran el camino libre hacia la finca Convención a donde fueron a parar, porque de allí salieron.

En  la casa de los monitos encontraron:

Dos sillas de caballos pertenecientes a la finca del Blanco de la Hoz, dos angarillas de Cornelio Quintero, el molino de maíz de Aminta Ochoa, cuatro bultos de Azúcar, dos cajas de panela, una caja de pecho hundido, dos rollos de alambre de púa y cinco cajas de Piel Roja, los quesos de la tienda el Satélite, andaban en bicicletas y motos que robaron en el pueblo.

El Súper se internó en el monte, llegaba al pueblo en horas de la noche, ahuyentado por la rula Colín del Mello Castro “el Guajiro”.

Después se supo que el ron mato al Súper Putas  su esposa Ilena, en el pueblo decía que fue el Mello el que lo mató.

Pero todos sabían que fue la pecho hundido la que lo mató, es más en los últimos días de vida, a Ramiro Antonio Beltrán Ovalle el pecho se le hundió como  piedra de amasar harina.

Ya no le decían el Súper Putas, lo llamaban el Morrocoyo.

                                                                                    Francisco Cadrazco Díaz

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NOS LLEGÓ LA HORA


Aplazado tantas veces
Lo sentíamos tan cerca
Que solo bastaba voltear
Y el bendito adiós nos pisaba
Los talones.

Pero aún nos quedaba
Una reserva de fe para burlarlo
Nos ingeniábamos
Y sacábamos siempre
Nuestro amor adelante.

Pero resultó un sofisma
La supuesta victoria
Y por fin hoy
Sin temores, ni rencores
Decidimos enfrentar el olvido
Y qué bien qué nos quedó el decorado.

                                                                    Javier Marruyo Vargas

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LA LUZ ES COMO EL AGUA


En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes.
En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de reinos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego.
Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-EI bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine.
Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada v fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-
, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salí por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

                                                                                                      Gabriel García Márquez.

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EL VIEJO


El que es o el que era
Ha llegado con el viento
Señalándole su rumbo.

Bajo el brazo
Una guitarra muerta.
Por su pecho se ha desatado
La lluvia de los años
Arrebatándole por cuotas
Lo que aún queda
De sus sueños.

Su presencia lerda metida en su tristeza
Y uno que otro suspiro
Deseos sin alas para el vuelo
Para no morirse pronto.

                                                                                         Concepción Martes Charris.

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PARA LEER EN VOZ BAJA


Compartimos los cuerpos
Que era lo único nuestro que teníamos,
Y eso fu suficiente
Para que todo aquello que soñamos
Y que nunca tuvimos
También nos fuera dado.

                                                                                        Miguel Méndez Camacho.

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LUNA VISITANDO UNA VENTANA


Hay algo inocente
En la luna

Pasa la historia
Pasa el hombre
Y ella sigue iluminando
Los caminos

Esta noche mientras brilla
Sigue el hombre
Sigue la historia
Y dentro de mucho tiempo
Alguien más sucumbirá
A su delirio.

                                                                Juan Carlos Céspedes Acosta.
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TAMBIEN ESTAMOS MUERTOS

La mayoría de los hombres viven vidas
En una silenciosa desesperación…
H.D. Thoreau




La escena se repite en cualquier rincón del mundo
Padre y madre inconsolables
Tantos planes, sueños
Tenían todo por vivir.

Y los demás…
¿Quién llora por nosotros
Los que seguimos aquí
Y simplemente nos levantamos
Y arrastramos otro día?

                                                                                                   Rosemary Maciá.
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¿LUZ? ¿OSCURIDAD?


Hace algún tiempo Satanás encontró
A un joven que tenía un gran conflicto,
Su corazón estaba atrapado entre la luz y la oscuridad.

¿Qué camino escogerás?
El de la izquierda va a la oscuridad y el de la derecha a la luz.

El joven no dijo nada, solo siguió caminando,
! Ya veo ¡
Escoges el camino hacia la penumbra de la noche.

Satanás quedo impactado con lo que le dijo el joven:
¡No¡
Escojo el camino, hacia el amanecer.

El joven siguió caminando con una gran sonrisa en el rostro.

Víctor Rincones Ordóñez.

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EL FRACASO

Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna, escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela Provincial, Schupkin.

-Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen a hablar de sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a bendecirlos...

Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás.
Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente diálogo:
-¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui quien escribió las cartas.
-¡Vamos no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra! -reía la damisela lanzando grititos amanerados y mirándose al espejo a cada momento-. La reconocí en seguida. ¡Y qué cosa tan rara!... ¡Usted, profesor de caligrafía y haciendo esos garrapatos!... ¿Cómo va usted a enseñar a escribir a otros si escribe usted tan mal?...
-¡Hum!... Eso no significa nada, señorita. En el estudio de la caligrafía lo principal no es la clase de letra..., lo principal es mantener sujetos a los alumnos. A uno se le pega con la regla en la cabeza..., a otro se le pone de rodillas... ¡Pero la escritura! ¡Pchs!... ¡Eso es lo de menos!... Nekrasov era un escritor y daba vergüenza ver cómo escribía. En sus obras completas viene una muestra, ¡qué muestra!, de su caligrafía.
-Sí..., pero aquel era Nekrasov, y usted es usted... -un suspiro-. ¡A mí me hubiera encantado casarme con un escritor! ¡Se hubiera pasado el tiempo haciéndome versos!
-También yo puedo hacerle versos si lo desea.
-¿Y sobre qué sabe usted escribir?
-Sobre el amor..., sobre los sentimientos.... ¡Sobre sus ojos!... Cuando los lea usted se quedará asombrada. ¡Le harán verter lágrimas! Dígame: ¿si yo le escribiera unos versos llenos de poesía me daría a besar su manecita?
-¡Vaya una tontería!... ¡Ahora mismo si quiere! Bésela.
Schupkin se levantó de un brinco y con ojos que parecían prontos a saltársele apretó sus labios sobre la mano gordezuela que olía a jabón de huevo.
-¡Descuelga la imagen! -dijo apresuradamente Peplov, dando un codazo a su mujer, palideciendo de emoción y abrochándose los botones de la chaqueta-.
¡Anda, vamos! -y sin perder un segundo abrió la puerta de par en par-. ¡Hijos! - balbució, alzando las manos y con lágrimas en los ojos-. ¡Que el Señor los bendiga! ¡Hijos míos!... ¡Vivan! ¡Sean fructíferos y multiplíquense!...
-¡Yo!... ¡También yo los bendigo! -dijo la madre, llorando de felicidad-. ¡Sean dichosos, queridos míos! ¡Oh!... -prosiguió, dirigiéndose a Schupkin-. ¡Me arrebata usted mi único tesoro!... ¡Quiera a mi hija! ¡Mímela!...
La boca de Schupkin se abrió de asombro y de susto. El asalto de los padres había sido tan inesperado y tan atrevido que no podía pronunciar una sola palabra.
«Me han cogido... Me han cogido... -pensó, preso de espanto-. Te ha llegado el fin, hermano... Ya no te escaparás...» Y sumisamente presentó su cabeza, como diciendo: «¡Tómenla..., estoy vencido!»
-¡Los... ben.., bendigo... -prosiguió el padre; y empezó a llorar también-.
¡Natascheñka!... ¡Hija mía!... ¡Ponte a su lado!... ¡Petrovna, trae la imagen!
Pero en aquel momento el llanto del padre cesó y su rostro se alteró con furia.
-¡Zoquete!... ¡Cabeza huera! -dijo, dirigiéndose con enfado a su mujer-. ¿Es ésta acaso la imagen?...
-¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen Santísima!...
¿Qué había ocurrido?... El profesor de caligrafía levantó temerosamente los ojos y se vio salvado. En su precipitación, la madre había descolgado equivocadamente de la pared el retrato del literato Lajechnikov. El viejo Peplov y su esposa Cleopatra, con él entre las manos, no sabían en su azoramiento qué hacer ni qué decir. El profesor de caligrafía aprovechó el momento de confusión y huyó.

                                                                                                                          Antón Chejov.

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“Si sufres es por ti,
si te sientes feliz es por ti,

si te sientes dichoso es por ti.

Nadie más es responsable
de cómo te sientes,
sólo tú y nadie más que tú.

Tú eres el infierno
y el cielo también”

                                          Osho.




martes, 15 de abril de 2014

Estamos actualizando esta entrega con un trabajo de un amigo el cual lo ponemos a consideración de ustedes  además de el material de nuestros constantes colaboradores, en esta ocasión tenemos un poema dramatizado, un cuento y una crónica muy jocosa, bueno pero dejemos la charla para las reuniones y entremos en materia.

CARMEN II


A donde va Carmen
Que el insensato verano
Le arranco sus flores
Y marchitó sus hojas
Su aroma cambió
Y sus vivos colores
Hoy son opacos grises.

La mariposa que revoloteaba
El cazador
Le despojo su arco iris
Y una estela gris
Matizo la estancia.

Hoy Carmen
Camina
Por una senda sin rumbo
Y sin destino
El amor
Ya no acompaña sus pasos.

Gabriel Ortega Vega

JUAN SIN NADA EL CAMIONERO 


Juan sin nada "El Camionero y su Oracion por Colombia"

Colaboración de un amigo.


ESTOY QUE MATO ESTE AMOR


Estoy que mato este amor
No es tarea fácil
Creció tanto y tiene el cuero tan duro
Que mi puñal no le alcanza la médula.
Pero tengo que acabar con él
Así sea a patadas
A empellones o mordiscos
Como sea, pero acabo con él.
Esté amor que por años dejé instalar
En mi piel, en mi corazón, en mis huesos
Y está en todas mis cosas
Apenas me levanto
Cuando trabajo
Cuando me acuesto.
Maldito sea este amor que me roba el alma.
Y si no puedo a la fuerza, lo intentaré con astucia,
Como un tirano inmundo al fin caerá de su trono
Y no se levantará jamás.
Se va a morir este maldito amor tuyo
De pura soledad.

Javier Marrugo Vargas.


RELOJ DE LA SOLEDAD


Le falta amor
A este momento,
Y a nuestro tiempo,
Igual siente el segundo,
Girando y girando,
Hasta volverse minuto.
Espera una fracción de tiempo
Que lo convierte en hora.
Giros y vueltas,
Similares pasos,
La misma tristeza.
Danza eterna
Y circular de los que aman
Pero no se encuentran.
Los que aman y callan,
Corriendo y transcurriendo,
Con similar compas y velocidad.
Amantes silenciosos,
Atrapados,
Esperando que se agote
El tiempo.
Soñando,
Con un estruendoso
Huracán de sentimientos,
Que los libere y los aleje,
Del sinsentido asfixiante y doloroso,
Contenido dentro del reloj,
De la soledad.

Víctor R. Rincones. O.


AMOR


No tengo miedo de mí
Sólo amar me llena
Y naturalmente no tengo
A nadie a quien querer
Porque si tuviera no tendría
Amor sino zozobra-miedo.

Raúl Gómez Jattin.


MUERTE



La óptima promesa de encontrarnos
Amor de mis amores, me anima
Muerte, a vivir ya: y no escatima
Un solo afán mi alma por hallarnos
En embelesada entrega; amarnos
Retirados, ¡ah¡ silenciosa sima
Tan hondo y tan lejos que ni las mismas
Estrellas insomnes, puedan estorbar.


Leo Castillo.


CUANDO COMENZÓ LA GUERRA



Tú no estabas en la guerra cuando comenzó

Te sacaron de una cantina del pueblo
Entre envases vacíos de aguardiente
Y el humo de cigarrillos americanos.

Te metieron a empujones de rifle
Y patadas de botas rústicas
En un camión estacionado en la esquina.

No supimos más de ti,
“tus amigos te extrañamos mucho
Y esperamos pronto tu regreso”.

Anoche tuvimos noticias tuyas;
Supimos que te traían a las siete
Según dice el periódico,
Con dos balas incrustadas
Que te habían llegado al cerebro
Cuando tú también
            Intentabas fabricar difuntos.

Concepción Martes Charris.


EL TATUAJE



El tatuaje no te salva
Porque no eres tigre
Que amenaza desde tu pecho
Ni la cobra que se yergue desde tu brazo

Eres pura carne que se abre
Hueso que se parte
Ínfulas de valiente
Ante la pavura del disparo.

Juan Carlos Cespedes.


AQUELLOS TIEMPOS



Como cambian los tiempos
Sobre todo en los carnavales
Que eran fiestas especiales
De gran alegría y gran talento

Ahora no se ven disfraces
Ni monos, ni morisquetas
Ahora solo oscuras casetas
Así que mire bien lo que hace

Si en los carnavales sales
Esta queja siempre escucho
Por qué algunos animales

Te tratan de viejo cucho
Y para colmo de males
Te toca baila el serrucho.

Santander Palma Ariza.


EL CUERPO DE LOS HERMANITOS QUINTERO


Apretaditos a la tierra comparten una misma muerte. Rubén, el mayor, conocía todos los matices del miedo; Ana aprendió de las serpientes el sigilo; Benjamín se quedó esperando el abrazo del papá. La muerte llegó de día, con un ruido que asustaba a los árboles. Cada familia cavó su propia tumba, ese fue el arreglo.

Ahora la foto de los hermanitos Quintero, apretaditos a la tierra, recorre las calles de Paris. A nadie le importa esa sangre tan lejana.

Gonzalo Alvarino.


SOBRE LO INÚTIL


De la vida
Lo único triste
Es la vida.
De la muerte
Nada vale la pena.

Roberto Nuñez Perez.


HICIMOS EL POEMA QUE NO PUDE ESCRIBIRTE


En últimas resulta
Que los buenos poemas, los mejores,
Nunca fueron escritos.
Y no podía ser de otra manera:
Hay que reconocer, humildemente,
Que bastó con vivirlos.

Lo demás es caer en tentaciones
De buscar el ahogado aguas arriba
De la pobre memoria.

Miguel Méndez Camacho.



EN LA ADMINISTRACIÓN DE CORREOS


La joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la antigua costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos, el anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
-Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta observación. En realidad era una mujer que valía la pena.
-Sí; cuantos la veían quedaban admirados -accedió el administrador.
Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su carácter: la quería -¡Dios la tenga en su gloria!- porque ella, con su carácter vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a pesar de que ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel, a mí, el viejo.
El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto de incredulidad.
-¿No lo cree usted? -le preguntó el jefe de Correos.
-No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora demasiado..., entendez
vous...? sauce provenzale...
-¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a probar la certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas artes estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo ponía en práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me podía ser infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar la castidad de mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una hechicería. Con que las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo que tocaba a la fidelidad de mi esposa.
-¿Cuáles son esas palabras mágicas?
-Muy sencillas. Yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores. Ustedes mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: «Mi mujer, Alona, sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski». Con esto bastaba.
Nadie se atrevía a cortejar a Alona, por miedo al jefe de Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de que Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!... Cualquiera iba a enredarse con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza de denuncias. Por ejemplo, vería a  tu gato vagabundeando y te denunciaría por dejar tus animales errantes...; por ejemplo...
-¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de Policía? –exclaman todos con asombro.
-Era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!... ¡Con qué habilidad los llamé a engaño!
Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el silencio.
Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este viejo gordo y de nariz encarnada se había mofado de nosotros.
-Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro que no nos volverás a coger -murmuró alguien.

Antón Chejov.


EL FANTASMA DE RIOHACHA


El lunes pasado, cuando me disponía a anunciar que había un fantasma alborotando las calles de Riohacha, recibí una llamada que esperaba desde hacía dos meses. Era de Betty Martínez, la colega guajira que me estaba averiguando si lo del fantasma riohachero era o no una realidad. Apreté el auricular en mis manos y la dejé que hablara. Un sudor helado humedecía mi frente.
La historia había comenzado una tarde de fiesta en la capital guajira. Yo caminaba por la avenida Primera con mi amigo Andrej Satora, el actor que hizo el papel de «Arthur» en la telenovela Café. Atravesábamos con facha de extranjeros aquella avenida concurrida, mientras los basureros iban llenándose de botellas vacías de whisky importado y la multitud festiva bailaba vallenatos de Diomedes Díaz en plena calle y abarrotaba las fritangas callejeras.
Una camioneta Ranger roja, sin vagón, se nos atravesó de repente haciendo chirriar las llantas.
—¡Vengan pa’ cá los gringos! —gritó el conductor. Nos acercamos y pudimos verlo de cerca. Era un borracho moreno y regordeto, una albóndiga humana, que nos miraba con ojos inyectados y desenfocados. Iba con dos amigos y nos invitó a subir.
—¡Les voy a mostrá a Riohacha! —gritó. Andrej y yo nos miramos y antes de que pudiéramos tomar una decisión sensata ya estábamos embarcados. Adentro, la música vallenata sonaba a todo volumen.
Aquella camioneta arrancó como si el diablo y su corte la estuvieran persiguiendo, mientras espantaba a la multitud callejera.
Pasamos a ciento cincuenta kilómetros por hora y muchos tuvieron que hacer maromas para no ser atropellados. Pero nadie protestó: protestar por algo así en Riohacha está contraindicado por los médicos. El que se atreva puede terminar con un severo caso de exceso de plomo en el organismo.
Salimos de la avenida Primera y nos internamos en las calles angostas del centro de Riohacha. Cuando divisaban la camioneta a lo lejos, con su motor rugiente y sus llantas chirriantes, las señoras guardaban sus mecedoras a toda carrera y los niños ponían a salvo sus bicicletas en los andenes. Estuvo a punto de atropellar a un chiquillo que conducía desprevenido una cicla todoterreno, y también a un carro de mula. El animal, viejo y cansado, pegó un relincho al paso de la camioneta. Hasta ese momento, el tur por Riohacha se había convertido en una experiencia aterradora.
Andrej había perdido el tono bronceado y estaba amarillo del susto. Yo esperaba ansioso un «pare» para bajarme. Pero nuestro nuevo amigo no respetaba los «pares». Más bien nos ofrecía un whisky detrás de otro, y se empinaba la botella de Old Parr, como si fuera una Coca-Cola y estuviera muerto de sed, mientras nos mostraba los lugares turísticos trastocados: al cementerio lo confundió con el estadio de fútbol y al estadio de fútbol con la casa de su compadre Pitre. Intentó relatarnos la historia de Riohacha, pero confundía al almirante Padilla con Simón Bolívar y mezclaba las plomeras de la semana pasada con las batallas de hace dos siglos. Luego nos llevó a su barrio, cuyas vías estaban siendo pavimentadas. El hombre metió la camioneta por las calles a medio terminar, dobló las varillas de la obra, derribó una mezcladora de concreto, arruinó los jardines de las señoras y espantó a los muchachitos que jugaban fútbol en la calle. Pero nadie se quejaba, sino que se limitaban a mirarlo con ojos horrorizados.
Hasta que en una esquina se detuvo a saludar a un amigo y Andrej y yo nos hicimos los gringos de verdad: nos bajamos y tomamos un taxi. No volvimos a verlo, pero nos quedamos con su nombre en la memoria: se llamaba Papo Brito.
Esa noche Andrej y yo nos dimos gusto contando la historia.
Hasta que mencionamos el nombre del personaje ante un grupo de damas lugareñas y todas dejaron de reírse para mirarnos con ojos de terror. Una de ellas exclamó:
—¡Pero si a ese tipo lo mataron el año pasado!
A pesar de la temperatura ardiente de aquella noche riohachera, sentí un escalofrío de pies a cabeza.
Procedieron a contarnos que en efecto el difunto anduvo siempre en una Ranger roja sin vagón, que jamás conducía a menos de ciento cincuenta y que nadie se atrevía a reaccionar porque actuaba sin contemplaciones con su pistola en cualquier esquina. Una de las señoras lo definió a su manera:
—Era un hombre de respeto.
Hasta que en una de esas bravuconadas callejeras, el hombre fue víctima de su propio invento. Se bajó con la pistola en la mano a reclamarle a una mujer que le había hecho sonar la bocina desde atrás, y ésta lo recibió con todas las balas de una minipistola calibre veintidós.
Así llegué a la inquietante conclusión de que había un fantasma suelto por las calles de Riohacha. No era uno de esos silenciosos y aburridos fantasmas que se aparecen en las mansiones viejas y espantan a un par de solteronas lúgubres. No. El de Papo Brito era un fantasma inquieto, loco y procaz, bebedor y parlanchín; un espanto que hacía tiros al aire, bebía cuatro días seguidos, les dañaba las begonias a las vecinas y se orinaba en la vía pública: en síntesis, una especie de Beetlejuice del Caribe. Con su perspicacia de campesino polaco, Andrej llegó a una conclusión:
—Si hubiéramos atropellado al mulo viejo o al niño de la todoterreno nada hubiera pasado.
Confieso que en lo más profundo de mi alma tuve la tentación de tragarme entero el cuento del fantasma. Pero no pude resistir el impulso de la razón. Le pedí a Betty Martínez, amiga periodista, que indagara por la ciudad si el célebre difunto tenía un homónimo. Ella duró dos meses averiguando. La llamada del lunes era para darme el resultado de su investigación.
—Hay otro Papo Brito —me anunció.
—¿Y anda en una Ranger roja? —le pregunté ansioso.
—Anda en una Ranger roja sin vagón —me confirmó
Betty.El fantasma acababa de morirse. Llamé entonces a Andrej a Bogotá y le conté.
—Me alegro —respondió en tono de alivio—, porque ese fantasma ya no me dejaba ni actuar.
Decepcionado me senté entonces a escribir esta crónica, cuyo título es —ni más ni menos— lo que yo hubiera preferido que fuera la verdad.

Ernesto McCausland Sojo.


EL PERDÓN NO SE HA VENCIDO


No te vayas de la vida.  Amor.
Conjuremos la amenaza
Con la primavera de un nuevo lugar.

Cerdada la mirada
Habíamos guardado las palabras
Para los sueños.

En la hora de los pájaros dormidos
Tu corazón presentía mis afanes.

Icemos la espera.

El orgullo de los amantes
Puede concertarse.

No te vayas de la vida. Amor.


 Elizabeth Castañeda Rodelo.