En esta nueva edición además de traer el material literario
a que los tenemos acostumbrados, también tenemos una buena información para
todos nuestros poetas, escritores, amigos y lectores; para finalizar este año
2014 “La Revista Cultural Alborada” ha
programado un concurso literario de poesía y narrativa (cuentos), con cinco
premios para los ganadores en las modalidades de poesía y narrativa y la
publicación de un libro con las obras ganadoras a cara y sello.
Las bases del concurso y formulario de inscripción se
encuentran al final de la publicación, para que los descargues y te motives a
participar.
Un abrazo para todos y a lo que vinimos…
OLVIDO
Quiero morirme
Como mueren
los inviernos
Bajo el
silencio de una noche veraniega
Quiero
morirme
Como se muere
mi pueblo
Serenamente
sin quejarme de esta pena
Rosendo
Romero
Me senté a la puerta del atardecer
Y los recuerdos irrumpieron en mi mente
No sé porque
Pero nada es para siempre
Alguien lo dijo una vez.
Las personas cambian
Como esta luna
Todo es efímero.
Entregue todo el amor que nunca use
Hice cosas que por nadie había hecho
En fin no sirvió...
He aprendido
Que no se debe mendigar una caricia
Rogar por un “Te Quiero”
Rogar por un beso.
No se debe juzgar sin conocer
Opinar sin saber
Lo único que deseo aprender
En este mismo instante es…
Como olvidarte.
Gabriel José Ortega Vega.
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LOS POETAS, AMOR MÍO
Los poetas, amor mío, son
Unos hombres horribles, unos
Monstruos de soledad, evítalos
Siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío, son
Para leerlos. Mas no hagas caso
A lo que hagan en sus vidas.
Raúl Gómez Jattin
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EL SUPER PUTAS
Ramiro Antonio
Beltrán Ovalle, un trabajador de finca, tumbador de monte, que duraba
tres y cuatro meses en la sierra trabajando, su patrón tenía pacto con el
diablo y cada año en diciembre le
entregaba un trabajador al propio Lucy.
En esa finca fue donde Ramiro adquirió un pacto con los
monitos que pasaban de quince, él los utilizaba para trabajar y beber ron.
Cuando venía de la finca al pueblo, antes de llegar donde Ilena
su esposa, llegaba al granero Jeiner y compraba una botella de ron pecho
hundido y se la tomaba sólito de un solo trago.
Su efecto era inmediato, “tres quince”, allí era donde
comenzaba el calvario de casi todas las mujeres del pueblo, casadas y solteras,
las tenía acosadas y no había un hombre que le parara el macho al Súper.
Sacaba un rollo de billetes y le repartía a los pelaos para
que fueran a las tiendas a comprar, les decía que no reclamaran el vuelto.
En la noche cuando los tenderos iban a cuadrar caja, solo
encontraban unos papeles de celofán de cigarrillos Piel Roja.
Comenzaba a vociferar y a decir a parlante alto que todas ellas eran mujer de
él, en especial a Zoraida la esposa de
Rico Figueroa.
Hasta que un día Crucita le reclamó al Mello su esposo, que
la bravura solo era con ella, o si era que le tenía miedo al Súper Putas.
A los Guajiros Villanueveros
los Mellos Castro que no se lo brincaba un chivo, cuál de los dos
hermanos fuera más bravo, a puño limpio a machete o cauchera de jondear piedra
a los yolofos, allá en las arroceras del Diluvio.
Esperó el Mello que Ramiro y sus secuaces se emborracharan,
cuando se encontraban tirados en el pretil de la casa del señor Gollo Rojas les
rastrillo la rula colín de 80 cm de largo contra el pavimento de la carretera
que las chispas de candela le prendieron el sombrero a el Súper Putas y sus
quince niños en cruces, se despertaron del susto y se le salieron de los brazos
donde se encontraban borrachos.
El Súper, al verse solo, cobarde y pendejo, salió corriendo,
el Mello, con rula en mano lo perseguía, lo llevó hasta la entrada de la
carretera que va para Pueblo bello, allí se le perdió.
Hasta ese día que uno de los Mellos se amarró el pantalón
con una penca de Guácimo y se le paró al Súper, descansaron las mujeres de
Aguas Blancas.
Hicieron una Asamblea y nombraron una presidenta para
esperar a El Súper, su consigna era Castrarlo, para que se le acabara la
bravura contra las mujeres del pueblo.
Todos los hombres apoyaron a las mujeres y se armaron de
valor para darle su tactiquito al Súper Putas.
Los monitos roneros se metieron a una casa desocupada, de
allí salían en la noche a robarse cuanto cachivache podían. Desocuparon los
graneros de víveres que había en el pueblo.
El Inspector Melitón Meza mandó a buscar al brujo que vivía
en Pueblo Nuevo para sacarlos de esa casa.
Ese día todo el pueblo cerró sus puertas para que los
monitos tuvieran el camino libre hacia la finca Convención a donde fueron a
parar, porque de allí salieron.
En la casa de los
monitos encontraron:
Dos sillas de caballos pertenecientes a la finca del Blanco
de la Hoz, dos angarillas de Cornelio Quintero, el molino de maíz de Aminta
Ochoa, cuatro bultos de Azúcar, dos cajas de panela, una caja de pecho hundido,
dos rollos de alambre de púa y cinco cajas de Piel Roja, los quesos de la
tienda el Satélite, andaban en bicicletas y motos que robaron en el pueblo.
El Súper se internó en el monte, llegaba al pueblo en horas
de la noche, ahuyentado por la rula Colín del Mello Castro “el Guajiro”.
Después se supo que el ron mato al Súper Putas su esposa Ilena, en el pueblo decía que fue
el Mello el que lo mató.
Pero todos sabían que fue la pecho hundido la que lo mató,
es más en los últimos días de vida, a Ramiro Antonio Beltrán Ovalle el pecho se
le hundió como piedra de amasar harina.
Ya no le decían el Súper Putas, lo llamaban el Morrocoyo.
Francisco Cadrazco Díaz
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NOS LLEGÓ LA HORA
Aplazado tantas veces
Lo sentíamos tan cerca
Que solo bastaba voltear
Y el bendito adiós nos pisaba
Los talones.
Pero aún nos quedaba
Una reserva de fe para burlarlo
Nos ingeniábamos
Y sacábamos siempre
Nuestro amor adelante.
Pero resultó un sofisma
La supuesta victoria
Y por fin hoy
Sin temores, ni rencores
Decidimos enfrentar el olvido
Y qué bien qué nos quedó el decorado.
Javier Marruyo Vargas
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LA LUZ ES COMO EL
AGUA
En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a
Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos
de lo que sus padres creían.
-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas
navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de
Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio
para dos yates grandes.
En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto
del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron
negarse, porque les habían prometido un bote de reinos con su sextante y su
brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían
ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la
más reacia a pagar deudas de juego.
Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la
línea de flotación.
-EI bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-.
El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y
en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños
invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron
llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era
tener el bote en el cuarto, y ya está
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres
se fueron al cine.
Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y
ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un
chorro de luz dorada v fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota,
y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron
la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la
casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía
cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios
domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar
un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y
sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche,
aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres
regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme.
Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina.
Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de
remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran
tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre?
-dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con
su deber -dijo ella-
, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla
del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó
y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en
julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa
misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio
los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente,
mientras los padres veían El último tango
en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon
como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del
fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como
ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no
tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos
fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a
los compañeros de curso.
El papá a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla
de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía
de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salí por los balcones, se
derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un
torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del
quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y
los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles,
entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba
a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la
plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los
instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban
al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los
únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto
de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá,
los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la
alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de
la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba
sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta,
buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel
flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el
sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase,
eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el
himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector,
de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían
abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el
cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había
ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid
de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni
río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de
navegar en la luz.
Gabriel García Márquez.
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EL VIEJO
El que es o el que era
Ha llegado con el viento
Señalándole su rumbo.
Bajo el brazo
Una guitarra muerta.
Por su pecho se ha desatado
La lluvia de los años
Arrebatándole por cuotas
Lo que aún queda
De sus sueños.
Su presencia lerda metida en su tristeza
Y uno que otro suspiro
Deseos sin alas para el vuelo
Para no morirse pronto.
Concepción Martes Charris.
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PARA LEER EN VOZ BAJA
Compartimos los cuerpos
Que era lo único nuestro que teníamos,
Y eso fu suficiente
Para que todo aquello que soñamos
Y que nunca tuvimos
También nos fuera dado.
Miguel Méndez Camacho.
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LUNA VISITANDO UNA
VENTANA
Hay algo inocente
En la luna
Pasa la historia
Pasa el hombre
Y ella sigue iluminando
Los caminos
Esta noche mientras brilla
Sigue el hombre
Sigue la historia
Y dentro de mucho tiempo
Alguien más sucumbirá
A su delirio.
Juan Carlos Céspedes Acosta.
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TAMBIEN ESTAMOS
MUERTOS
La mayoría de
los hombres viven vidas
En una
silenciosa desesperación…
H.D. Thoreau
La escena se repite en cualquier rincón del mundo
Padre y madre inconsolables
Tantos planes, sueños
Tenían todo por vivir.
Y los demás…
¿Quién llora por nosotros
Los que seguimos aquí
Y simplemente nos levantamos
Y arrastramos otro día?
Rosemary Maciá.
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¿LUZ? ¿OSCURIDAD?
Hace algún tiempo Satanás encontró
A un joven que tenía un gran conflicto,
Su corazón estaba atrapado entre la luz y la oscuridad.
¿Qué camino escogerás?
El de la izquierda va a la oscuridad y el de la derecha a la
luz.
El joven no dijo nada, solo siguió caminando,
! Ya veo ¡
Escoges el camino hacia la penumbra de la noche.
Satanás quedo impactado con lo que le dijo el joven:
¡No¡
Escojo el camino, hacia el amanecer.
El joven siguió caminando con una gran sonrisa en el rostro.
Víctor Rincones Ordóñez.
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EL FRACASO
Ilia Sergeich Peplov y su mujer, Cleopatra Petrovna,
escuchaban junto a la puerta con gran ansiedad. Al otro lado, en la pequeña
sala, se desarrollaba, al parecer, una escena de declaración amorosa. Su hija
Nataschenka se prometía en aquel momento con el profesor de la Escuela
Provincial, Schupkin.
-Parece que pica -murmuraba Peplov, temblando de impaciencia
y frotándose las manos-. Mira, Petrovna... Tan pronto como empiecen a hablar de
sentimientos, descuelgas la imagen de la pared y entramos a bendecirlos...
Quedarán cogidos. La bendición con la imagen es sagrada e
irrevocable... Ni aunque acuda al juzgado podrá ya volverse atrás.
Al otro lado de la puerta estaba entablado el siguiente
diálogo:
-¡Nada de su carácter!... -decía Schupkin, frotando una
cerilla en sus pantalones a cuadros para encenderla-. Le aseguro que yo no fui
quien escribió las cartas.
-¡Vamos no diga!... ¡Como si no conociera yo su letra! -reía
la damisela lanzando grititos amanerados y mirándose al espejo a cada momento-.
La reconocí en seguida. ¡Y qué cosa tan rara!... ¡Usted, profesor de caligrafía
y haciendo esos garrapatos!... ¿Cómo va usted a enseñar a escribir a otros si
escribe usted tan mal?...
-¡Hum!... Eso no significa nada, señorita. En el estudio de la
caligrafía lo principal no es la clase de letra..., lo principal es mantener
sujetos a los alumnos. A uno se le pega con la regla en la cabeza..., a otro se
le pone de rodillas... ¡Pero la escritura! ¡Pchs!... ¡Eso es lo de menos!...
Nekrasov era un escritor y daba vergüenza ver cómo escribía. En sus obras
completas viene una muestra, ¡qué muestra!, de su caligrafía.
-Sí..., pero aquel era Nekrasov, y usted es usted... -un
suspiro-. ¡A mí me hubiera encantado casarme con un escritor! ¡Se hubiera
pasado el tiempo haciéndome versos!
-También yo puedo hacerle versos si lo desea.
-¿Y sobre qué sabe usted escribir?
-Sobre el amor..., sobre los sentimientos.... ¡Sobre sus
ojos!... Cuando los lea usted se quedará asombrada. ¡Le harán verter lágrimas!
Dígame: ¿si yo le escribiera unos versos llenos de poesía me daría a besar su
manecita?
-¡Vaya una tontería!... ¡Ahora mismo si quiere! Bésela.
Schupkin se levantó de un brinco y con ojos que parecían
prontos a saltársele apretó sus labios sobre la mano gordezuela que olía a
jabón de huevo.
-¡Descuelga la imagen! -dijo apresuradamente Peplov, dando
un codazo a su mujer, palideciendo de emoción y abrochándose los botones de la
chaqueta-.
¡Anda, vamos! -y sin perder un segundo abrió la puerta de
par en par-. ¡Hijos! - balbució, alzando las manos y con lágrimas en los ojos-.
¡Que el Señor los bendiga! ¡Hijos míos!... ¡Vivan! ¡Sean fructíferos y
multiplíquense!...
-¡Yo!... ¡También yo los bendigo! -dijo la madre, llorando
de felicidad-. ¡Sean dichosos, queridos míos! ¡Oh!... -prosiguió, dirigiéndose
a Schupkin-. ¡Me arrebata usted mi único tesoro!... ¡Quiera a mi hija!
¡Mímela!...
La boca de Schupkin se abrió de asombro y de susto. El
asalto de los padres había sido tan inesperado y tan atrevido que no podía
pronunciar una sola palabra.
«Me han cogido... Me han cogido... -pensó, preso de
espanto-. Te ha llegado el fin, hermano... Ya no te escaparás...» Y sumisamente
presentó su cabeza, como diciendo: «¡Tómenla..., estoy vencido!»
-¡Los... ben.., bendigo... -prosiguió el padre; y empezó a
llorar también-.
¡Natascheñka!... ¡Hija mía!... ¡Ponte a su lado!...
¡Petrovna, trae la imagen!
Pero en aquel momento el llanto del padre cesó y su rostro
se alteró con furia.
-¡Zoquete!... ¡Cabeza huera! -dijo, dirigiéndose con enfado
a su mujer-. ¿Es ésta acaso la imagen?...
-¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen Santísima!...
¿Qué había ocurrido?... El profesor de caligrafía levantó
temerosamente los ojos y se vio salvado. En su precipitación, la madre había
descolgado equivocadamente de la pared el retrato del literato Lajechnikov. El
viejo Peplov y su esposa Cleopatra, con él entre las manos, no sabían en su
azoramiento qué hacer ni qué decir. El profesor de caligrafía aprovechó el
momento de confusión y huyó.
Antón Chejov.
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“Si sufres es por ti,
si te sientes feliz es por ti,
si te sientes dichoso es por ti.
Nadie más es responsable
de cómo te sientes,
sólo tú y nadie más que tú.
Tú eres el infierno
y el cielo también”
Osho.









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