CARMEN II
A donde va Carmen
Que el insensato verano
Le arranco sus flores
Y marchitó sus hojas
Su aroma cambió
Y sus vivos colores
Hoy son opacos grises.
La mariposa que revoloteaba
El cazador
Le despojo su arco iris
Y una estela gris
Matizo la estancia.
Hoy Carmen
Camina
Por una senda sin rumbo
Y sin destino
El amor
Ya no acompaña sus pasos.
Gabriel Ortega Vega
JUAN SIN NADA EL CAMIONERO
Juan sin nada "El Camionero y su Oracion por Colombia"
Colaboración de un amigo.
ESTOY QUE MATO ESTE AMOR
Estoy que mato este amor
No es tarea fácil
Creció tanto y tiene el cuero tan duro
Que mi puñal no le alcanza la médula.
Pero tengo que acabar con él
Así sea a patadas
A empellones o mordiscos
Como sea, pero acabo con él.
Esté amor que por años dejé instalar
En mi piel, en mi corazón, en mis huesos
Y está en todas mis cosas
Apenas me levanto
Cuando trabajo
Cuando me acuesto.
Maldito sea este amor que me roba el alma.
Y si no puedo a la fuerza, lo intentaré con astucia,
Como un tirano inmundo al fin caerá de su trono
Y no se levantará jamás.
Se va a morir este maldito amor tuyo
De pura soledad.
Javier Marrugo Vargas.
RELOJ DE LA SOLEDAD
Le falta amor
A este momento,
Y a nuestro tiempo,
Igual siente el segundo,
Girando y girando,
Hasta volverse minuto.
Espera una fracción de tiempo
Que lo convierte en hora.
Giros y vueltas,
Similares pasos,
La misma tristeza.
Danza eterna
Y circular de los que aman
Pero no se encuentran.
Los que aman y callan,
Corriendo y transcurriendo,
Con similar compas y velocidad.
Amantes silenciosos,
Atrapados,
Esperando que se agote
El tiempo.
Soñando,
Con un estruendoso
Huracán de sentimientos,
Que los libere y los aleje,
Del sinsentido asfixiante y doloroso,
Contenido dentro del reloj,
De la soledad.
Víctor R. Rincones. O.
AMOR
No tengo miedo de mí
Sólo amar me llena
Y naturalmente no tengo
A nadie a quien querer
Porque si tuviera no tendría
Amor sino zozobra-miedo.
Raúl Gómez Jattin.
MUERTE
La óptima promesa de encontrarnos
Amor de mis amores, me anima
Muerte, a vivir ya: y no escatima
Un solo afán mi alma por hallarnos
En embelesada entrega; amarnos
Retirados, ¡ah¡ silenciosa sima
Tan hondo y tan lejos que ni las mismas
Estrellas insomnes, puedan estorbar.
Leo Castillo.
CUANDO COMENZÓ LA GUERRA
Tú no estabas en la guerra cuando comenzó
Te sacaron de una cantina del pueblo
Entre envases vacíos de aguardiente
Y el humo de cigarrillos americanos.
Te metieron a empujones de rifle
Y patadas de botas rústicas
En un camión estacionado en la esquina.
No supimos más de ti,
“tus amigos te extrañamos mucho
Y esperamos pronto tu regreso”.
Anoche tuvimos noticias tuyas;
Supimos que te traían a las siete
Según dice el periódico,
Con dos balas incrustadas
Que te habían llegado al cerebro
Cuando tú también
Intentabas
fabricar difuntos.
Concepción Martes Charris.
EL TATUAJE
El tatuaje no te salva
Porque no eres tigre
Que amenaza desde tu pecho
Ni la cobra que se yergue desde tu brazo
Eres pura carne que se abre
Hueso que se parte
Ínfulas de valiente
Ante la pavura del disparo.
Juan Carlos Cespedes.
AQUELLOS TIEMPOS
Como cambian los tiempos
Sobre todo en los carnavales
Que eran fiestas especiales
De gran alegría y gran talento
Ahora no se ven disfraces
Ni monos, ni morisquetas
Ahora solo oscuras casetas
Así que mire bien lo que hace
Si en los carnavales sales
Esta queja siempre escucho
Por qué algunos animales
Te tratan de viejo cucho
Y para colmo de males
Te toca baila el serrucho.
Santander Palma Ariza.
EL CUERPO DE LOS HERMANITOS QUINTERO
Apretaditos a la tierra comparten una misma muerte. Rubén,
el mayor, conocía todos los matices del miedo; Ana aprendió de las serpientes
el sigilo; Benjamín se quedó esperando el abrazo del papá. La muerte llegó de
día, con un ruido que asustaba a los árboles. Cada familia cavó su propia
tumba, ese fue el arreglo.
Ahora la foto de los hermanitos Quintero, apretaditos a la tierra,
recorre las calles de Paris. A nadie le importa esa sangre tan lejana.
Gonzalo Alvarino.
SOBRE LO INÚTIL
De la vida
Lo único triste
Es la vida.
De la muerte
Nada vale la pena.
Roberto Nuñez Perez.
HICIMOS EL POEMA QUE
NO PUDE ESCRIBIRTE
En últimas resulta
Que los buenos poemas, los mejores,
Nunca fueron escritos.
Y no podía ser de otra manera:
Hay que reconocer, humildemente,
Que bastó con vivirlos.
Lo demás es caer en tentaciones
De buscar el ahogado aguas arriba
De la pobre memoria.
Miguel Méndez Camacho.
EN LA ADMINISTRACIÓN
DE CORREOS
La joven esposa del viejo administrador de Correos
Hattopiertzof acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la
antigua costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos,
el anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
-Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta
observación. En realidad era una mujer que valía la pena.
-Sí; cuantos la veían quedaban admirados -accedió el
administrador.
Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni
tampoco por su bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina,
y son harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su
carácter: la quería -¡Dios la tenga en su gloria!- porque ella, con su carácter
vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a pesar de que
ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel, a mí, el viejo.
El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto
de incredulidad.
-¿No lo cree usted? -le preguntó el jefe de Correos.
-No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora
demasiado..., entendez
vous...? sauce provenzale...
-¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a probar
la certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas artes
estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo ponía en
práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me podía ser
infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar la castidad de
mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una hechicería. Con que
las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo que tocaba a la fidelidad
de mi esposa.
-¿Cuáles son esas palabras mágicas?
-Muy sencillas. Yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores.
Ustedes mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: «Mi mujer,
Alona, sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski».
Con esto bastaba.
Nadie se atrevía a cortejar a Alona, por miedo al jefe de
Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de que
Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!... Cualquiera iba a enredarse
con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza de denuncias.
Por ejemplo, vería a tu gato
vagabundeando y te denunciaría por dejar tus animales errantes...; por
ejemplo...
-¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de
Policía? –exclaman todos con asombro.
-Era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!... ¡Con qué habilidad los
llamé a engaño!
Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el
silencio.
Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este
viejo gordo y de nariz encarnada se había mofado de nosotros.
-Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro que
no nos volverás a coger -murmuró alguien.
Antón Chejov.
EL FANTASMA DE
RIOHACHA
El lunes pasado, cuando me disponía a anunciar que había un
fantasma alborotando las calles de Riohacha, recibí una llamada que esperaba
desde hacía dos meses. Era de Betty Martínez, la colega guajira que me estaba
averiguando si lo del fantasma riohachero era o no una realidad. Apreté el
auricular en mis manos y la dejé que hablara. Un sudor helado humedecía mi
frente.
La historia había comenzado una tarde de fiesta en la
capital guajira. Yo caminaba por la avenida Primera con mi amigo Andrej Satora,
el actor que hizo el papel de «Arthur» en la telenovela Café. Atravesábamos con
facha de extranjeros aquella avenida concurrida, mientras los basureros iban
llenándose de botellas vacías de whisky importado y la multitud festiva bailaba
vallenatos de Diomedes Díaz en plena calle y abarrotaba las fritangas callejeras.
Una camioneta Ranger roja, sin vagón, se nos atravesó de repente
haciendo chirriar las llantas.
—¡Vengan pa’ cá los gringos! —gritó el conductor. Nos acercamos
y pudimos verlo de cerca. Era un borracho moreno y regordeto, una albóndiga humana,
que nos miraba con ojos inyectados y desenfocados. Iba con dos amigos y nos
invitó a subir.
—¡Les voy a mostrá a Riohacha! —gritó. Andrej y yo nos miramos
y antes de que pudiéramos tomar una decisión sensata ya estábamos embarcados.
Adentro, la música vallenata sonaba a todo volumen.
Aquella camioneta arrancó como si el diablo y su corte la estuvieran
persiguiendo, mientras espantaba a la multitud callejera.
Pasamos a ciento cincuenta kilómetros por hora y muchos tuvieron
que hacer maromas para no ser atropellados. Pero nadie protestó: protestar por
algo así en Riohacha está contraindicado por los médicos. El que se atreva
puede terminar con un severo caso de exceso de plomo en el organismo.
Salimos de la avenida Primera y nos internamos en las calles
angostas del centro de Riohacha. Cuando divisaban la camioneta a lo lejos, con
su motor rugiente y sus llantas chirriantes, las señoras guardaban sus
mecedoras a toda carrera y los niños ponían a salvo sus bicicletas en los
andenes. Estuvo a punto de atropellar a un chiquillo que conducía desprevenido
una cicla todoterreno, y también a un carro de mula. El animal, viejo y
cansado, pegó un relincho al paso de la camioneta. Hasta ese momento, el tur por
Riohacha se había convertido en una experiencia aterradora.
Andrej había perdido el tono bronceado y estaba amarillo del
susto. Yo esperaba ansioso un «pare» para bajarme. Pero nuestro nuevo amigo no
respetaba los «pares». Más bien nos ofrecía un whisky detrás de otro, y se empinaba
la botella de Old Parr, como si fuera una Coca-Cola y estuviera muerto de sed,
mientras nos mostraba los lugares turísticos trastocados: al cementerio lo confundió
con el estadio de fútbol y al estadio de fútbol con la casa de su compadre
Pitre. Intentó relatarnos la historia de Riohacha, pero confundía al almirante
Padilla con Simón Bolívar y mezclaba las plomeras de la semana pasada con las
batallas de hace dos siglos. Luego nos llevó a su barrio, cuyas vías estaban siendo
pavimentadas. El hombre metió la camioneta por las calles a medio terminar,
dobló las varillas de la obra, derribó una mezcladora de concreto, arruinó los
jardines de las señoras y espantó a los muchachitos que jugaban fútbol en la
calle. Pero nadie se quejaba, sino que se limitaban a mirarlo con ojos
horrorizados.
Hasta que en una esquina se detuvo a saludar a un amigo y
Andrej y yo nos hicimos los gringos de verdad: nos bajamos y tomamos un taxi.
No volvimos a verlo, pero nos quedamos con su nombre en la memoria: se llamaba
Papo Brito.
Esa noche Andrej y yo nos dimos gusto contando la historia.
Hasta que mencionamos el nombre del personaje ante un grupo
de damas lugareñas y todas dejaron de reírse para mirarnos con ojos de terror.
Una de ellas exclamó:
—¡Pero si a ese tipo lo mataron el año pasado!
A pesar de la temperatura ardiente de aquella noche
riohachera, sentí un escalofrío de pies a cabeza.
Procedieron a contarnos que en efecto el difunto anduvo siempre
en una Ranger roja sin vagón, que jamás conducía a menos de ciento cincuenta y
que nadie se atrevía a reaccionar porque actuaba sin contemplaciones con su
pistola en cualquier esquina. Una de las señoras lo definió a su manera:
—Era un hombre de respeto.
Hasta que en una de esas bravuconadas callejeras, el hombre fue
víctima de su propio invento. Se bajó con la pistola en la mano a reclamarle a
una mujer que le había hecho sonar la bocina desde atrás, y ésta lo recibió con
todas las balas de una minipistola calibre veintidós.
Así llegué a la inquietante conclusión de que había un
fantasma suelto por las calles de Riohacha. No era uno de esos silenciosos y
aburridos fantasmas que se aparecen en las mansiones viejas y espantan a un par
de solteronas lúgubres. No. El de Papo Brito era un fantasma inquieto, loco y
procaz, bebedor y parlanchín; un espanto que hacía tiros al aire, bebía cuatro
días seguidos, les dañaba las begonias a las vecinas y se orinaba en la vía
pública: en síntesis, una especie de Beetlejuice del Caribe. Con su perspicacia
de campesino polaco, Andrej llegó a una conclusión:
—Si hubiéramos atropellado al mulo viejo o al niño de la todoterreno
nada hubiera pasado.
Confieso que en lo más profundo de mi alma tuve la tentación
de tragarme entero el cuento del fantasma. Pero no pude resistir el impulso de
la razón. Le pedí a Betty Martínez, amiga periodista, que indagara por la ciudad
si el célebre difunto tenía un homónimo. Ella duró dos meses averiguando. La
llamada del lunes era para darme el resultado de su investigación.
—Hay otro Papo Brito —me anunció.
—¿Y anda en una Ranger roja? —le pregunté ansioso.
—Anda en una Ranger roja sin vagón —me confirmó
Betty.El fantasma acababa de morirse. Llamé entonces a
Andrej a Bogotá y le conté.
—Me alegro —respondió en tono de alivio—, porque ese fantasma
ya no me dejaba ni actuar.
Decepcionado me senté entonces a escribir esta crónica, cuyo
título es —ni más ni menos— lo que yo hubiera preferido que fuera la verdad.
Ernesto McCausland Sojo.
EL PERDÓN NO SE HA
VENCIDO
No te vayas de la vida.
Amor.
Conjuremos la amenaza
Con la primavera de un nuevo lugar.
Cerdada la mirada
Habíamos guardado las palabras
Para los sueños.
En la hora de los pájaros dormidos
Tu corazón presentía mis afanes.
Icemos la espera.
El orgullo de los amantes
Puede concertarse.
No te vayas de la vida. Amor.
Elizabeth Castañeda
Rodelo.













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