Ya estamos en el mes de Septiembre el que comienza el final
del año y las brisas del mar se están acercando con esa sal que nos revive los
recuerdos y nos llena de nostalgia porque se acerca un mes que por ser el
último del calendario, viene cargado de nostalgia y alegrías para muchos.
En esta ocasión la Revista Cultural Alborada Digital, ha
decidido salir bimestralmente para dar más
tiempo a los colaboradores y a nuestros lectores en disfrutar el trabajo.
Hoy tenemos poesía de poetas colombianos y un cuento de un
Ruso que espero le guste, no siendo más manos a la obra.
Hoy y hoy
Como el rio adusto
Así estoy,
La soledad ha lacrado mis labios
Y de mi boca no sale ya un sonido,
Mi cerebro se ha cerrado
Cual caja de valores
Que impenetrable es.
En el espejo
Ya ni mi reflejo se ve
Siento miedo
Porque no quiero
Que la soledad deje de escoltarme.
II
Camino por la calle
Y no veo compañía
La ciudad se desaparece
Tras mi paso.
De seguir así
No creo alcanzar a llegar
A donde
Siempre desee.
Gabriel Ortega Vega
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Recuento del pasado que he sido y seré
Un día fui polvo,
Estrella,
Agua y alga,
Árbol alimentándose de la sal de los ríos.
Un día fui caracol,
Pasto,
Desierto,
El jugo de naranja que ahora me alimenta,
La madera de la que está hecha nuestra cama,
La arena que guardo en mis zapatos.
Sí ¿no me crees?
He sido sal,
Estiércol,
Pájaro y simio.
Vengo de lo más profundo de la tierra,
De la más lejana de las estrellas.
Otro día, no sé cuándo,
Volveré a ser polvo,
Tierra o durazno.
Como ves
No es cualquiera el que te ama.
Roberto Núñez Pérez.
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La indiferencia
El culo en tierra
Delirante mendigo un escupitajo
Que me honre el rostro.
Tus zapatos importantes
Me patean en el cuello para que aúlle.
Me aconsejas
Un motor 450
Cuatro tiras de fibra de vidrio
Y un objeto de plástico y alambritos para poder hablar
En voz alta
Con invisibles interlocutores
Mientras camino o conduzco sin ver
Para que me puedas ver.
Si nunca llevo prisa
Una palabra llevo para saludarte
Y en mi celebración de la luz
Soy una fantástica fiesta
Inaudible
Un fantasma
En tu corazón muerto.
Leo Castillo
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La soledad
Si miramos el rostro de la amada
Y cerramos los ojos
Para palparlo luego en la memoria
El fantasma del miedo nos traiciona.
Por eso los amantes
No se dan nunca nada el uno al otro
Y las manos que recorren los cuerpos
No persiguen la piel
Sino el olvido de la futura soledad.
Y las caricias se prodigan
No a los cuerpos
Sino al vacío de la ausencia
Al temor de quedar sin compañía.
Miguel Méndez Camacho
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Poema de amor para un mulato
Regálame tu piel mulato
Para vestirme de noche
Mírame infinita
Con tus ojos de corozo biche.
Alégrame hasta la risa con tu risa
De tierra de palenques
Y de humo de tabaco.
Regálame tu piel mulato
Para gemir en el rito de muleque núbil
Tamboréame el vientre con tus falanges de fuego
Y arráncame el grito dormido de lumbalú.
Escóndeme en tu vientre, retorno tropical
Para poblar la tierra de semillas cimarronas.
Búscame en cada seno de mestiza lunera
Para que tu boca no envejezca.
Regálame tu piel mulato
Para que no muera de tu casta, el poema.
Elizabeth Castañeda Rodelo
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Mariposa
Estoy prisionero
en una cárcel de salud
y me encuentro no marchito
me encuentro alegre
como una mariposa
acabada de nacer
“!Oh, quién fuera hipsipila
Que dejó la crisálida!”
Vuelo hacia la muerte.
Raúl Gómez Jattin
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La noche que la luna no salió
Los hombres llegaron al anochecer, botas puertas abajo, y
se instaló la muerte.
Por la mañana sólo los perros corrían por las calles
ladrando
al viento.
Juan Carlos Céspedes Acosta
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ANIUTA
Por la peor habitación del detestable Hotel Lisboa pa
seábase infatigablemente el estudiante de tercer año de Medicina Stepan
Klochkov. Al par que paseaba, estudiaba en voz alta. Como llevaba largas horas
entregado al doble ejercicio, tenía la garganta seca y la frente cubierta de
sudor.
Junto a la ventana, cuyos cristales empañaba la nieve
congelada, estaba sentada en una silla, cosiendo una camisa de hombre, Aniuta,
morenilla de unos veinticinco años, muy delgada, muy pálida, de dulces ojos
grises.
En el reloj del corredor sonaron, catarrosas, las dos de la
tarde; pero la habitación no estaba aún arreglada. La cama hallábase deshecha,
y se veían, esparcidos por el aposento, libros y ropas. En un rincón había un
lavabo nada limpio, lleno de agua enjabonada.
—El pulmón se divide en tres partes —recitaba Kloch kov—. La
parte superior llega hasta cuarta o quinta costilla...
Para formarse idea de lo que acababa de decir, se palpó el
pecho.
—Las costillas están dispuestas paralelamente unas a otras,
como las teclas de un piano — continuó—. Para no errar en los cálculos, conviene
orientarse sobre un esqueleto o sobre un ser humano vivo... Ven, Aniuta, voy a
orientarme un poco...
Aniuta interrumpió la costura, se quitó el corpiño y se
acercó. Klochkov se sentó ante ella, frunció las cejas y empezó a palpar las
costillas de la muchacha.
—La primera costilla —observó— es difícil de tocar. Está
detrás de la clavícula... Esta es la segunda, esta es la tercera, esta es la
cuarta... Es raro; estás delgada, y, sin embargo, no es fácil orientarse sobre
tu tórax... ¿Qué te pasa? —¡Tiene usted los dedos tan fríos!... —¡Bah! No te
morirás...
Bueno; esta es la tercera, esta es la cuarta... No, así las
confundiré... Voy a dibujarlas... Cogió un pedazo de carboncillo y trazó en el
pecho de Aniuta unas cuantas líneas paralelas, correspondientes cada una a una
costilla.
—¡Muy bien! Ahora veo claro. Voy a auscultarte un poco.
Levántate.
La muchacha se levantó y Klochkov empezó a golpear le con el
dedo en las costillas. Estaba tan absorto en la operación, que no advertía que
los labios, la nariz y las manos de Aniuta se habían puesto azules de frío.
Ella, sin embargo, no se movía, temiendo entorpecer el trabajo del estudiante.
«Si no me estoy quieta —pensaba— no saldrá bien de los exámenes.» —¡Sí, ahora
todo está claro! —Dijo por fin él, cesando de golpear—. Siéntate y no borres
los dibujos hasta que yo acabe de aprenderme este maldito capítulo del pulmón.
Y comenzó de nuevo a pasearse, estudiando en voz alta. Aniuta, con las rayas
negras en el tórax, parecía tatuada. La pobre temblaba de frío y pensaba. Solía
hablar muy poco, casi siempre estaba silenciosa, y pensaba, pensaba sin cesar.
Klochkov era el sexto de los jóvenes con quienes había
vivido en los últimos seis o siete años. Todos sus amigos anteriores habían ya
acabado sus estudios universitarios, habían ya concluido su carrera, y,
naturalmente, la habían olvidado hacía tiempo. Uno de ellas vivía en París,
otros dos eran médicos, el cuarto era pintor de fama, el quinto había llegado a
catedrático. Klochkov no tardaría en terminar también sus estudios. Le
esperaba, sin duda, un bonito porvenir, acaso la celebridad; pero a la sazón se
hallaba en la miseria. No tenían ni azúcar, ni té, ni tabaco. Aniuta apresuraba
cuanto podía su labor para llevarla al almacén, cobrar los veinticinco copecs y
comprar tabaco, té y azúcar. — ¿Se puede? —preguntaron detrás de la puerta.
Aniuta se echó a toda prisa un chal sobre los hombros. Entró el pintor Fetisov.
—Vengo a pedirle a usted un favor —le dijo a Klochkov—. ¿Tendría usted la
bondad de prestarme, por un par de horas, a su gentil amiga? Estoy pintando un
cuadro y necesito una modelo.
—¡Con mucho gusto! —Contestó Klochkov—. ¡Anda, Aniuta!
—¿Cree usted que es un placer para mí? — murmuró ella. —¡Pero mujer! —Exclamó
Klochkov—. Es por el arte... Bien puedes hacer ese pequeño sacrificio.
Aniuta comenzó a vestirse. —¿Qué cuadro es ése? —preguntó el
estudiante. —Psiquis. Un hermoso asunto; pero tropiezo con dificultades. Tengo
que cambiar todos los días de modelo. Ayer se me presentó una con las piernas
azules. «¿Por qué tiene usted las piernas azules?», le pregunté. Y me contestó:
«Llevo unas medias que se destiñen...»
Usted siempre a vueltas con la Medicina, ¿eh? ¡Qué
paciencia! Yo no podría... —La Medicina exige un trabajo serio. —Es verdad...
Perdóneme, Klochkov; pero vive usted... como un cerdo. ¡Que sucio está esto! —
¿Qué quiere usted que yo haga? No puedo remediarlo. Mi padre
no me manda más que doce rublos al mes, y con ese dinero no se puede vivir muy
decorosamente.
—Tiene usted razón; pero... podría usted vivir con un poco
de limpieza. Un hombre de cierta cultura no debe descuidar la estética, y
usted... La cama deshecha, los platos sucios...
—¡Es verdad! —Balbuceó confuso Klochkov—.
Aniu ta está hoy tan ocupada que no ha tenido tiempo de
arreglar la habitación.
Cuando el pintor y Aniuta se fueron, Klochkov se tendió en
el sofá y siguió estudiando; mas no tardó en quedarse dormido y no se despertó
hasta una hora después. La siesta lo había puesto de mal humor. Recordó las
palabras de Fetisov, y, al fijarse en la pobreza y la suciedad del aposento,
sintió una especie de repulsión. En un porvenir próximo recibiría a los
enfermos en su lujoso gabinete, comería y tomaría el té en un comedor amplio y
bien amueblado, en compañía de su mujer, a quien respetaría todo el mundo...;
pero, a la sazón..., aquel cuarto sucio, aquellos platos, aquellas colillas
esparcidas por el suelo... ¡Qué asco! Aniuta, por su parte, no embellecía mucho
el cuadro: iba mal vestida, despeinada...
Y Klochkov decidió separarse de ella en seguida, a todo
trance. ¡Estaba ya hasta la coronilla!
Cuando la muchacha, de vuelta, estaba quitándose el abrigo,
se levantó y le dijo con acento solemne: —Escucha, querida... Siéntate y
atiende.
Tenemos que separarnos. Yo no puedo ni quiero ya vivir
contigo. Aniuta venía del estudio de Fetisov fatigada, nerviosa. El estar de
pie tanto tiempo había acentuado la demacración de su rostro. Miró a Klochkov
sin decir nada, temblándole los labios.
—Debes comprender que, tarde o temprano, hemos de
separarnos. Es fatal. Tú, que eres una buena muchacha y no tienes pelo de
tonta, te harás cargo.
Aniuta se puso de nuevo el abrigo en silencio, envolvió su
labor en un periódico, cogió las agujas, el hilo...
—Esto es de usted —dijo, apartando unos cuantos terrones de
azúcar.
Y se volvió de espaldas para que Klochkov no la viese
llorar. —Pero ¿por qué lloras? —preguntó el estudiante. Tras de ir y venir,
silencioso, durante un minuto a través de la habitación, añadió con cierto
embarazo:
—¡Tiene gracia!... Demasiado sabes que, tarde o temprano,
nuestra separación es inevitable. No podemos vivir juntos toda la vida.
Ella estaba ya a punto, y se volvió hacia él, con el envoltorio
bajo el brazo, dispuesta a despedirse.
A Klochkov le dio lástima...
«Podría tenerla —pensó— una semana más conmigo. ¡Sí, que se
quede! Dentro de una semana le diré que se vaya.»
Y, enfadado consigo mismo por su debilidad, le gritó con
tono severo:
—Bueno; ¿qué haces ahí como un pasmarote?
Una de dos: o te vas, o si no quieres irte te quitas el
abrigo y te quedas. ¡Quédate si quieres!
Aniuta se quitó el abrigo sin decir palabra, se sonó,
suspiró, y con tácitos pasos se dirigió a su silla de junto a la ventana.
Klochkov cogió su libro de medicina y empezó de nuevo a
estudiar en voz alta, paseándose por el aposento.
«El pulmón se divide en tres partes. La parte superior...»
En el corredor alguien gritaba a voz en cuello: —¡Grigory, tráeme el samovar!
Anton Chejov
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GENESIS
En el principio
Solo existía el silencio
Era una nota musical
Que se escuchaba a sí misma monótona y gris
La luz nos bastó
Y una noche o un día
Que nadie recuerda
Decidió morir
Invento al hombre.
Harold Ballesteros
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Dejo este amor aquí
Dejo este amor aquí,
para que el viento
lo deshaga y lo lleve
a caminar la tierra.
No quiero
su daga sobre mi pecho,
ni su lenta
ceñidura de espinas en
la frente
de mis sueños.
Que lo miren mis ojos
vuelto nube,
aire de Abril,
sombra de golondrina
en los espejos frágiles
del mar…
trémula lluvia
repetida sin fin
sobre los árboles.
Tal vez un día, tú
que no supiste
retener en las
manos su jubilo
perfecto, conocerás
su rostro en un
perfume,
o en la
súbita muerte de
una rosa.
Meira Delmar
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